Las cercas que nos hacen libres.

Giant Causeway Ireland. Photo credit: OSS.

Ayer tuve una conversación sobre libertad con mi hijo de 11 años.

Aunque él no sabía que estábamos hablando de libertad.

Él quería jugar.

Había salido a pasear en bicicleta por el barrio y al parque antes de su partido de soccer. Y, como quizás todo niño quiere, quería sacarle el jugo hasta al último minuto de juego.

El problema era que el partido era en otra ciudad. Cosa que él sabía.

Y llegó a casa cinco minutos tarde.

Cinco minutos pueden parecer nada.

Nos subimos al auto y decidí aprovechar esos 30 minutos de driving para hablar de algo que desde hace algunos años tengo muy presente:

la relación entre disciplina Y libertad.

Mi hijo quiere jugar, mejorar, estar con su equipo, ganar sus partidos.

Y también quiere quedarse en el parque jugando con sus amigos del barrio hasta el final.

Quiere ambas cosas.

Y lo entiendo tanto.

El desafío es que todavía está aprendiendo algo que a muchos adultos también nos cuesta:

elegir algo que queremos implica asumir la responsabilidad de esa elección.

Jugar soccer significa llegar a tiempo.

Ser parte de un equipo significa que otros cuentan contigo.

Y a veces significa dejar de hacer algo que estás disfrutando para cumplir con algo que también elegiste.

La paradoja de la libertad

Mientras manejábamos, recordé una metáfora de G.K. Chesterton que aprendí del Dr. Arthur Brooks.

Imagina a unos niños jugando fútbol en la cima de una montaña.

Alrededor hay acantilados y no existen cercas.

En teoría, tienen libertad total.

Pero los niños se quedan en el centro, temerosos de correr o de patear la pelota con fuerza por miedo a que caiga al vacío.

Entonces construyen una cerca.

Ponen un límite visible.

Y ocurre algo fascinante:

ahora los niños corren por toda la cancha.

La cerca que parecía restringir su juego es exactamente lo que les permite disfrutarlo.

La disciplina funciona de una manera parecida.

Lejos de apagar la libertad, muchas veces es lo que la hace posible.

Abrazar la Y

Y esto está en el corazón de mi WHY, de lo que llamo abrazar la Y.

Solemos movernos atrapados en aparentes dilemas:

libertad O disciplina.
éxito O plenitud.
ambición O bienestar.

Como si para avanzar en un frente siempre tuviéramos que sacrificar el otro.

Pero podemos aprender a sostener la Y.

Mi hijo puede disfrutar su infancia Y aprender a mirar el reloj.

Puede amar el juego libre Y honrar los acuerdos con su equipo.

Puede querer libertad Y valorar los marcos que la expanden, en vez de sentir que se la quitan.

Y nosotros, los adultos, no somos tan diferentes.

También queremos libertad, pero a veces nos resistimos a los hábitos, compromisos, decisiones y límites que hacen posible la vida que realmente queremos experimentar.

Abrazar la Y no significa hacer todo lo que queremos, cuando queremos.

Significa recuperar nuestra agencia para decidir qué queremos construir y elegir conscientemente los límites que nos ayudan a hacerlo posible.

Cuando la naturaleza abraza la Y

Mientras escribía estas palabras, apareció en mi cabeza otra imagen.

Uno de los lugares más impresionantes que he conocido: Giant’s Causeway, en Irlanda del Norte, donde estuve en 2018 (quiero volver!!).

Miles de columnas de piedra, en su mayoría hexagonales, encajan unas junto a otras con una precisión que parece casi imposible.

Estructura.
Orden.
Disciplina.

Y justo a su lado, el Atlántico.

Inmenso. Libre. En movimiento permanente. Golpeando una y otra vez esas rocas, en un paisaje rodeado de acantilados imponentes.

Recordarlo me hizo pensar que pocas imágenes podrían representar mejor esta paradoja.

La solidez de la estructura Y la fuerza de la libertad coexistiendo en un mismo paisaje.

Sin que una le quite belleza a la otra.

Quizás, incluso, haciéndose más bellas precisamente porque existen juntas.

Y pensé que algo parecido ocurre con nosotros.

Necesitamos espacio para explorar, cambiar, crear, jugar, equivocarnos y elegir nuestro propio camino.

Y necesitamos algo suficientemente sólido sobre lo cual sostener esa libertad:

nuestros valores,
nuestros hábitos,
nuestros compromisos,
nuestros límites elegidos conscientemente.

Nuestras propias “rocas hexagonales”.

Crecer (a los 11, a los 40 o a los 50…), consiste, en gran medida, en aprender a diseñar nuestras propias cercas.

No para vivir más restringidos.

Sino para poder correr por toda la cancha.

✎ ¿Qué disciplina, hábito o límite has elegido en tu vida que hoy te da más libertad?

Previous
Previous

¿Qué queremos que haga la IA por nosotros?

Next
Next

Un algoritmo no sabe lo que es abundancia para ti (ni para mí)