Mudarme a un país desarrollado me ha hecho cuestionar qué significa realmente “vivir mejor”
Mi versión Pulpo- Photo credit: SCM
La logística invisible de un día cualquiera
Algunas mañanas me levanto más temprano y cocino antes de ducharme. No es porque sea lo más urgente del día, sino porque no quiero pasar el resto de la jornada con olor a comida en el pelo. Otros días cocino de noche y vuelvo a ducharme después; tampoco me gusta acostarme con ese olor al final de un día largo.
Entre una opción y otra, se cuela la vida.
Salgo a caminar con mi perra. Entre sesiones de coaching y reuniones de trabajo avanzo con el proyecto familiar del momento —por estos días, la remodelación de mi cocina—. Respondo correos, hablo con familia y amigos, almuerzo con mi esposo. Escribo cuando puedo. Voy a Pilates. Y, cuando la tormenta lo exige, también paleo nieve.
En medio de todo eso, limpio, ordeno y gestiono las idas y venidas de las actividades deportivas de mis tres hijos. Doblo ropa recién salida de la secadora y, si el tiempo lo permite, leo algunas páginas de un libro.
En mi cabeza ocurre algo que seguramente te resulta familiar: priorizo, reorganizo y muevo piezas. Mi agenda es un pequeño tablero de Tetris donde responsabilidades, afectos, trabajo y descanso deben encajar en las mismas veinticuatro horas.
El tiempo es finito. Lo sabemos todos.
Y, seamos honestos, ¿quién no ha tenido alguna vez ese pensamiento fugaz de que sería ideal poder hacer un poco más en un solo día?
Hoy, domingo temprano, escribo con más calma. El partido de fútbol de mi hijo se suspendió por la nevada.
Vivir entre dos mundos
Esta manera de organizar la vida se volvió especialmente evidente desde que me mudé a Estados Unidos.
Soy peruana. Viví más de veinticinco años en Chile y hace siete que resido en Colorado.
Mudarse aquí no solo implicó cambiar de país. También me obligó, poco a poco, a recalibrar mi brújula interna sobre lo que significa realmente vivir en un país “desarrollado”.
Durante mucho tiempo pensé —como muchos— que el desarrollo era una línea ascendente hacia una vida más cómoda.
Pero la experiencia me ha enseñado algo distinto.
El desarrollo se parece más a un sistema de intercambios: ganas algunas cosas, cedes otras.
Y muchas de esas diferencias aparecen en lo cotidiano.
La paradoja de la clase media
Tomemos algo tan simple como la organización doméstica.
En gran parte de Latinoamérica, cuando ambos padres trabajan, es relativamente común contar con ayuda en casa que alivie parte de la carga diaria. En Estados Unidos, en cambio, eso es prácticamente un lujo.
La clase media en los países desarrollados suele tener más ingresos, pero mucha menos ayuda.
El resultado es que familias como la nuestra terminamos haciendo casi todo nosotros mismos: trabajamos, criamos, cocinamos, limpiamos, arreglamos y organizamos toda la logística familiar.
Cuando hablo con otros latinoamericanos que viven aquí, la frase se repite:
“Tenemos más oportunidades, pero también hacemos mucho más nosotros mismos”.
A veces bromeamos diciendo que vivir aquí se parece un poco al mundo de las startups: todos hacemos de todo, todo el tiempo.
No siempre es solo una cuestión de recursos. Es cierto que una hora de ayuda doméstica puede costar hasta cinco veces más que en muchos países en desarrollo, pero también hay algo más profundo: una estructura económica y cultural donde la autosuficiencia se vuelve parte de la norma, casi una ética del Do It Yourself.
Confieso que, aunque siento una profunda gratitud por las oportunidades, hay días en que mi “versión pulpo” más exigente quisiera tener una novena y décima pata para poder con todo.
Lo que el PIB no cuenta sobre el bienestar
Sin embargo, cuando miro el panorama completo, entiendo mejor el otro lado del intercambio.
Estudios globales como el World Happiness Report muestran algo interesante: los países más felices no son simplemente los más ricos.
La diferencia suele estar en factores menos visibles en las estadísticas económicas:
el apoyo social,
la confianza en las instituciones,
la seguridad cotidiana.
En mi caso, cambié la comodidad de la ayuda doméstica por otro tipo de bienestar: la tranquilidad de caminar por la calle sin miedo, el acceso a educación pública de calidad y la relativa estabilidad de instituciones que, en general, funcionan. Hablo, por supuesto, desde mi propia experiencia; sé que para muchas personas, incluso viviendo aquí, esa realidad puede sentirse lejana.
Ese bienestar no aparece en los balances financieros.
Pero cambia algo más profundo: la sensación cotidiana de estabilidad.
La frontera entre querer y necesitar
Esta experiencia también abrió otra conversación importante en nuestra casa: la diferencia entre querer y necesitar.
Las sociedades de consumo modernas tienen una habilidad extraordinaria para difuminar esa frontera.
Como coach, observo con frecuencia que el querer suele estar alimentado por la comparación social o por el ego. El necesitar, en cambio, suele estar conectado con nuestros valores más profundos.
Necesitamos seguridad.
Conexión.
Propósito.
Descanso.
Pero también es cierto que querer no es algo negativo.
Queremos viajar, celebrar momentos importantes, darnos ciertos gustos que enriquecen la vida.
Un viaje, por ejemplo, puede no ser una necesidad básica, pero sí una experiencia profundamente significativa.
El desafío no es eliminar los quereres, sino no perder de vista lo esencial mientras los perseguimos.
Aprender a decir: “esto es suficiente”
El desarrollo puede darnos acceso a muchas cosas.
Pero la clave está en saber cuáles realmente aportan valor a nuestra vida.
Quizás, en un país de abundancia, una de las mayores libertades sea poder decir con honestidad:
esto es suficiente.
En este camino también he aprendido algo personal: reconocer y valorar lo bueno que hago cada día.
No lo perfecto.
Lo bueno.
Mi “yo pulpo” siempre querrá más brazos. Pero también sé que eso es imposible.
Entonces vuelvo a ese espacio interno donde puedo decirme:
Está bien.
Esto es suficiente.
Más que suficiente.
Y desde ahí aparece algo que cada vez valoro más: la gratitud.
Mi esposo acaba de sentarse a mi lado y leer estas líneas.
Sonríe y me pregunta:
—Entonces… ¿quieres una nana?
—No —le respondo—. Me encanta mi privacidad. ¡Quiero un robot!
Lo pienso un segundo.
Un robot tampoco garantiza esa privacidad total.
Reflexiono un poco más y corrijo:
—En realidad, lo que quiero es un clon. Pero no estoy segura de si tú podrías lidiar con otra Sofía.
Nos reímos.
Y me doy cuenta de algo.
Ni el robot ni el clon son la respuesta.
La respuesta sigue siendo la misma: aprender a navegar este tablero de Tetris con lo que tengo, valorando lo que he ganado y aceptando —con cariño— que ser un poco más pulpo es simplemente parte de mi propia manera de vivir mejor.
✎ Si has vivido en contextos distintos:
¿qué sacrificaste o ganaste en el cambio?
Y si no has tenido esa experiencia:
¿cómo defines hoy tu propio “es suficiente”?
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